En una conferencia que dictó recientemente el ex presidente uruguayo José “Pepe” Mujica dijo: “nosotros somos antes que nada latinoamericanos, pero evidentemente que en el Río de la Plata tenemos una identidad cultural muy fuerte”. Mujica añadió que la Argentina es el único lugar donde los uruguayos emigran y que orientales y argentinos son “prácticamente idénticos”.
Tras señalar que en ambas orillas existe una misma manera futbolera y tanguera de mirar el mundo, sostuvo: “tenemos casi los mismos defectos, puede ser que no tengamos las mismas virtudes, pero los defectos los copiamos todos”, añadió.
Mujica marcó una interrelación que une a ambas naciones rioplatenses: “La historia nos enseñó a nosotros, como pequeño país, que cuando a la Argentina le va bien, a nosotros nos va bien”. Y sostuvo que también se da al revés: “Cuando la Argentina se hunde, nosotros marchamos, estamos como abrazados a un rencor”.
Es curioso que una revisión de las posturas de historiadores y críticos de ambas orillas –tan alejados entre sí como pueden estar los liberales y los revisionistas- define en ellos una coincidencia: la de la existencia tangible y viva de una cultura rioplatense, que no implica, sobre todo en el caso de los argentinos, declinar de otras culturas propias, como son las del Norte, la cuyana o la patagónica.
Borges fue desde las primeras décadas del siglo XX un defensor de la identidad rioplatense. “Latinoamérica para nosotros empieza en Córdoba” decía, marcando así una suerte de frontera tan rígida como invisible. Borges confirmó su esencialidad rioplatense con claridad en la “Fundación mítica de Buenos Aires”: “¿Y fue por este río de sueñera y de barro/ que las proas vinieron a fundarme a la patria?”. Lo cierto es que la literatura es otro escenario, acaso el más evidente, en donde se advierte con nitidez la “hermandad” rioplatense.
Mujica marcó una interrelación que une a ambas naciones rioplatenses: “La historia nos enseñó a nosotros, como pequeño país, que cuando a la Argentina le va bien, a nosotros nos va bien”. Y sostuvo que también se da al revés: “Cuando la Argentina se hunde, nosotros marchamos, estamos como abrazados a un rencor”
Tanto es así que un programa académico de investigación en curso sobre las vanguardias literarias en el mundo hispanoamericano, eligió reunir en un mismo volumen los estudios sobre Argentina, Uruguay y Paraguay. Pero en la introducción del trabajo se advierte que este orden alfabético de los tres países se ve alterado a propósito “para subrayar la comunidad cultural que conformaron Argentina y Uruguay (o siquiera Buenos Aires y Montevideo)” y que “nada similar ocurrió entre Paraguay y Argentina, pese a la contigüidad geográfica”.
Desde antes del enorme delta que forman el Paraná y el Uruguay y ya en tiempos de la colonia se forjó una población demandada por iguales desafíos, con culturas urbanas que recogieron –antes que la española y la criolla independizada- la influencia de tribus afincadas a lo largo de la cuenca como las de los guaraníes y otros indios pescadores y cazadores nómadas más al sur, como los charrúas, querandíes y guenoas (que vinieron del Uruguay hacia Entre Ríos “en busca de las vacas gordas de Hernandarias”), algunos de ellos asimilados luego a las nuevas sociedades mestizas que se crearon en los siglos de la colonia.
Sobre esta gravitación raigal de las culturas aborígenes en el Río de la Plata existen trabajos de historiadores capitales como Guillermo Furlong y el platense René Orsi.
SIMILITUDES
Si bien en todos los géneros literarios se advierte la confraternidad, es en el teatro –en el bien llamado “teatro rioplatense”- donde más visibles se volvieron las similitudes entre las dos orillas.
Nacido como género popular en el siglo XIX, tanto en Montevideo como en Buenos Aires y las principales ciudades más cercanas, el teatro rioplatense se asentó con los hermanos Podestá, integrantes de una familia de actores uruguayos que tanta gravitación tuvieron en La Plata. Pero también aquí debe mencionarse al dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez, acaso el más emblemático de los rioplatenses, con intensa vida intelectual en Buenos Aires, Rosario, Montevideo y La Plata, es decir en las cuatro principales ciudades del universo rioplatense.
Por cierto que existen cerradas afinidades en la novela, la poesía o el ensayo. Desde los cielitos fundadores del uruguayo Bartolomé Hidalgo hasta las coplas de José Hernández se enhebró una arquetípica literatura gauchesca. En cuanto a la novelística, los críticos reseñan que Santa María –la ciudad imaginaria de la novelística de Juan Carlos Onetti- es una fusión de Buenos Aires y Montevideo. Las librerías de ambas orillas coinciden en nombres uruguayos y argentinos, entre otros los de Felisberto Hernández, Borges, Onetti, Roberto Arlt, Galeano y muchos más.
Demás está hablar de la inserción cabal en la cultura del otro país que alcanzaron los emigrados de ambas orillas, desde la Generación del 37 hasta quienes se autoproscribieron por las dictaduras militares en ambas orillas a fines del siglo pasado.
IDENTIDAD CONSOLIDADA
El poeta platense y académico de letras, Rafael Oteriño, sostiene que la expresión “ríoplatense” conlleva el mayor significado de definir un perfil y una cultura. “La ancha boca del Río de la Plata con sus dos orillas –una en la vecina República Oriental, otra lindante con los campos porteños- es un manantial de lenguas, historias y afectos que tuvo la aptitud de consolidar una personalidad en el hombre y un tinte imborrable en las costumbres”.
Añadió aquí que ello se advierte desde las letras del tango y aún antes, desde el Martín Fierro cuando desliza “algún día hemos de llegar/ después sabremos a dónde”; pasando por Güiraldes, que expresó el desconsuelo de Fabio Cáceres ante la partida de Don Segundo Sombra con la ahogada confesión “me fui como quien se desangra” o en la melancólica murmuración del viejo inmigrante D´Arcángelo en Sobre héroes y tumbas, o más acá en el peregrinar del Ulises nativo del Adán Buenosayres de Marechal”. Agregó que “en todas esas adivinaciones –contrastadas con “la honda visión/ hecha de gran llanura y mayor cielo”, como ilustra Borges- se elabora una idea que define a esta zona del espíritu calificada con la expresión “rioplatense”.
Agregó Oteriño: “Producto del trajín de la historia, pero también de la materia de los sueños, las notas de lo rioplatense están dadas por la tendencia hacia lo mundano, por la lisura de calles que invariablemente conducen a una plaza en cuya cercanía se transparenta la tertulia de un café o, para el solitario, la lectura del periódico; por avenidas con estatuas de próceres, más o menos conocidos, que se yerguen como custodios y guías del caminante; por la cuadrícula urbana en la que se alternan manzanas y espacios públicos, recordándonos que hay una razón y un cálculo por detrás de las pasiones humanas. Y así podría continuar: se encuentra en el amor por las ciencias y las artes, el deporte y la amistad; en los pocos o ningún resabio de xenofobia, ya que la matriz rioplatense es plural; en el saberse su protagonista heredero tanto de la aquella razón como de la fe, aunque sin sobreelevar a ninguna de ellas por encima de ardores profanos como los derivados de la idolatría o metafísicos como los de su consuetudinario pesimismo. En fin, con su color local –en la ciudad de Mallea, “junto al río inmóvil”, o desde el propio río, “hecho de sueñera y de barro”, según enseña, una vez más, Borges-, la condición “rioplatense” expresa toda una épica austera alimentada por entusiasmos periódicos y extrañamientos no menos recurrentes”.
Su fuente –si de una sola fuente pudiera hablarse- se observa en la nostalgia producida por esa masa de agua que, para quien la mira, no fluye, como todos los ríos, sino que se vuelca pertinaz sobre sus orillas, creando la ilusión de un perpetuo recomenzar. Sí, en la palabra “nostalgia”, compuesta por los vocablos “nostos” (regreso) y “algos” (dolor) está, acaso, la explicación de este verdadero universal urdido por la condición “rioplatense”. La sensación de sentirse ausente, vacío, lejano, y, a la vez, reconfortado por la extensión del río, al frente; el tejido de calles, en los pies; y a las espaldas, la pampa ilimitada, que –como lo sabemos- son propuestas, promesas, tan plenamente como realidades”, concluyó.
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